martes, noviembre 01, 2005

 

¡Qué casualidad!


Me comenta María, hada madrina y además turista on line, que unos días antes de mi post la columnista Elvira Lindo escribío (entre otras cosas) de lo mismo que yo (entre otras cosas) en el anterior post: cortinas y antifaces.

Esta es la parte del texto donde la autora de Manolito Gafotas aborda tan delicado tema:

(...)Suena el teléfono. Yo ya estaba despierta porque los americanos, que no tienen sensibilidad (son pioneros y tienen los sentidos de cartón), no ponen cortinas en las ventanas, sólo laminillas de plástico, que quedan muy cinematográficas pero dejan que el sol salvaje americano se cuele desde las siete y te saque a patadas del sueño. A veces, en la desesperación, colgamos una toalla con dos trozos de esparadrapo, pero entonces nos sentimos un poco tardohippies y nos deprimimos. A veces echamos mano de los antifaces de Iberia. Es curioso, siempre habíamos creído que el antifaz era un toque sofisticado de Audrey Hepburn en Desayuno en Tiffany's, ahora entendemos que era un detalle realista. Pero a nosotros los antifaces de Iberia nos hacen daño, se nos marca la gomilla en las sienes. No quisiera convertir este artículo en un cúmulo de reivindicaciones, ya sé que yo estoy sólo para distraerles del problema maragallesco; pero quisiera que esta columna sirviera para que los fabricantes de antifaces de Iberia hicieran, por favor se lo pido, un poco más grandes las gomas (me refiero a las del antifaz), porque a las criaturas al cabo de seis horas se nos corta el riego y es una pena dado que trabajamos con el intelecto.(...)


El texto completo está AQUÍ.

Por cierto, mi antifaz, como no podía ser de otra manera, es "marca" Qantas, la compañía aerea australiana, y tiene dos gomitas que a mí no apretan demasiado, sobre todo porque una se ha roto, hecho que por cierto me intriga bastante.... ¿me crecerá la cabeza por las noches cuando sueño? ¿O será sólo según que sueños?


Comments:
Jajaja, en Holanda no utilizan cortinas y me rondan dos teorías al respecto.

La primera teoría lo achaca al hecho de que este país viene de tradición calvinista y de que no hay nada que ocultar en casa de uno. Algo así como: "quien cierra cortinas, malo, algo tendrá que esconder..."

Después aparece la explicación lógica y aburrida de que en esta latitud del planeta los inviernos son oscuros, y por eso conviene dejar pasar cuanta más luz mejor a través de las ventanas.

A mi me gusta la primera explicación. Por mucho que se empeñen algunos en despojarnos de todo sentido moral o trascendental en lo que hacemos, me parece que vivimos con ello.

A los que defienden la segunda explicación les diría que, desde hace ya muchos años, las cortinas corren de un lado a otro de la ventana a voluntad, ¡y hasta de arriba abajo!

Yo, como inquilina de una casa sin cortinas, también me quejo del rayo de sol que me despierta en las mañanas de verano; y lo que es peor, de la ventana del dormitorio que da a un corredor de paso para todos los vecinos (aquí sí hemos puesto una cortina, ¡la más tupida de todas!).

Yo, como habitante de un país sin cortinas, disfruto de paseos en los que observo qué tipo de luz es la más cálida en los salones, que color de pintura va bien en las cocinas y cuántas horteradas es capaz de soportar el alféizar de un piso bajo.
 
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